Tuvo lugar en París la FIAC, sin duda una de las “fiestas imperdibles” del arte contemporáneo (las siglas rezan Foire Internacional d´Art Contemporain).
Concentrada principalmente en el monumental Grand Palais, la emblemática construcción de finales del siglo XIX situada en el centro de la ciudad, 168 galerías mostraron sus mejores apuestas para seducir la mirada del multitudinario público que acudió a la cita.
El acontecimiento no estuvo exento de polémica pues, debido a la reforma del Carrousel du Louvre, el espacio habitual de la feria, la organización se vio obligada a ajustar su selección dejando fuera del pastel a más de 30 galerías. En todo caso, el inconveniente no restó protagonismo al entusiasmo, la curiosidad y las fantasías a las que invitaban los trabajos expuestos, flotando en el ambiente un cierto aire de ensoñación compartida.
Creaciones de Larry Clark, Boltanski, Bil Viola, Claire Fontaine y Cindy Sherman, también obras no muy conocidas de Pollock y Warhol, sin olvidar un pequeño repertorio de la vanguardia con grandes nombres como Picabia o Brauner, dibujaban satisfechos los semblantes de los voyeurs, que más allá de las contorsiones, atropellos y empujones (lo cierto es que había tanta gente que parecía un centro comercial), se arrojaban orgullosos a una de las pocas cosas no afectadas por la crisis mundial de la deuda: el placer de la mirada estética. Una pequeña pero deliciosa cura frente al creciente malestar en la cultura.
Por Laura Suárez González de Araújo




