Punks Wear
Prada PWP
Hacer parte de un grupo, algunas veces clandestino y casi secreto, es la fantasía de muchos, en especial si en éste se llevan a cabo actividades que sólo la oscuridad de la noche permite descubrir. Lo que se viva allí será de conocimiento de quien lo presencie, y ahora que aquellos pactos de honor que respetaban los llamados mafiosos de la Cosa Nostra no se cumplen fielmente como obligaba la “omertá” o ley del silencio, los flashes de las cámaras presentes en todo momento, se convierten en testigos de la velada.
Este curioso lugar se encuentra en Milán, ciudad siempre reconocida y asociada con el mundo de la moda, no sólo porque aquí se lleva a cabo una de las ferias más importantes del gremio, sino porque se puede decir que al caminar por sus calles se respira diseño, arte y sofisticación. A primera vista Milán es descrita por muchos como una ciudad industrial, gris y fría. Sus habitantes, siempre están pendientes de lo que ofrecen las lujosas vitrinas de Montenapoleone, y así mismo, del número de prendas que les permita adquirir el cupo de su tarjeta de crédito. Vale la pena mencionar que estamos hablando de zapatos de por lo menos 700 euros el par, carteras de 1.200, y vestidos de noche de hasta 6.000 euros.
En esta avenida reina aquella frase pronunciada por Bo Derek: “el que diga que el dinero no compra la felicidad, no sabe dónde ir de compras”. Otro de los placeres casi pecaminosos de los milaneses es el gusto por la velocidad. Las calles están pobladas de lujosos automóviles y motocicletas, en su mayoría de producción italiana, con las que se deleitan propietarios y curiosos al encender motores en cada esquina.
Ya, al entender un poco más el perfil del milanés, y probablemente de aquellos que somos huéspedes temporales de esta ciudad, podemos tratar de entrar al cerrado mundo de Punks Wear Prada (Los punks se visten de Prada), una discoteca muy particular.
Su nombre es el primer catalizador de interés, intriga, y sobre todo curiosidad. ¿Cómo combinar estos dos mundos, dos culturas aparentemente opuestas y críticas la una de la otra? Es totalmente una utopía o una burla que logra mostrar, desde su puerta en Via Santa Tecla, cuál es el mood del lugar: la absoluta irreverencia. Pero su nombre es apenas un abrebocas de lo que implica asistir a una de esas noches, que sin importar el número de veces que se repitan, cada una resulta única.
Por medio de su grupo en facebook se anuncia la temática de cada sábado, el día de la semana dedicado a los miembros PWP. En la página se proyecta un póster diseñado especialmente para la ocasión, mostrando el tema central de la fiesta, que debe ser el que inspire el vestuario de todos los invitados. Percatarse del empeño que le ponen los asistentes a su vestuario es ya un deleite visual, y presenciar la forma en que lo viven es aún más asombroso. Todos, sin importar quienes son a la luz del día, de lunes a viernes, se convierten en actores por una noche. Las cámaras dejan evidencia de los personajes que pasaron por la gastada alfombra roja, y la música ensordece cualquier freno o prejuicio que se haya tenido antes de entrar.
Entramos a una fiesta de diversidad, de originalidad y de contrastes. Antes de pisar la alfombra roja, que hace sentir a sus invitados como estrellas de cine, comienza la selección. Cada persona trata de destacarse para ser llamada a la puerta, unos por sus disfraces extravagantes, otros intentan utilizar conexiones, pero realmente una sola mujer decide quién es digno de ingresar, su criterio es totalmente indescifrable.
Los elegidos, quienes son admitidos por medio de una seña, entran como en una premiere, siempre hay un fotógrafo esperando a captar cada una de las personalidades presentes, cuya imagen será parte de los archivos reservados de Punks Wear Prada.
El cover tiene un costo de 20 euros, y da derecho a un trago en la barra.
En este punto comienza el desfile, cuando todos dejan sus abrigos invernales a un lado, y comienzan a ser otra persona al bajar por las escaleras y entrar a ese sótano oscuro, borroso, y confuso. La euforia de los asistentes, el efecto del vestuario en su alma, de las luces, deja en segundo plano la música. A veces podría quedarse en mute esta escena y todos mantendrían el ritmo, porque es su aire único, y su olor a tienda vintage la que impone el compás. Es un espectáculo que pone en el mismo plano la clandestinidad y lo “chic”.
¿Qué haría usted si pudiera ser otro al menos por una noche, en un club al que no todos pueden entrar y del que probablemente nadie quiere salir?, ¿funcionaría esta idea en cualquier ciudad del mundo? La verdad, es difícil. Milán, con su entorno impregnado de moda, de originalidad, creatividad, y por encima de todo, de esa capacidad que tiene la ciudad para generar en sus habitantes la necesidad de ser estrellas y despertar miradas al pasar, hace que una idea como esta sea un éxito sin igual, auténtico, no imitable.
Milán es una muestra de cultura, lujo y de buen gusto a lo largo de sus calles que rodean al Duomo y su catedral de estilo gótico, pero además ofrece una fiesta un poco underground que puede cambiar la forma de ver una noche de sábado.
¿Qué nos espera la próxima vez? Tal vez Sinners, una noche para pecadores, o The Love Boat, para encontrar el amor perdido en San Valentin, o The Annual Masked Ball, donde hay que tener máscara para jugar.
¿Cuál quiere usted? Venga a Milán a descubrirlo.



