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[Literatura]
Escrito por:
Lina Calle Arango
Fotografía:
Archivo Web
Tema:
El negocio de los libros no es tan simple y romántico como parece, gracias a los oscuros negocios de los misteriosos agentes literarios.
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Los mafiositos de las letras

Para nadie es un misterio que el bohemio pensamiento del “arte por el arte” en donde el libro era un elemento “fuente de cultura” cada vez es más un recuerdo que una realidad.

Hoy en día, al lector de buen gusto le basta con ir a una librería y observar las novedades para lograr un estado mental de depresión e insultar, internamente, al mercado. Amantes o no de las letras, es imposible negar que el libro actual no es sólo una representación del arte sino que es también –y aún más- un producto que representa dinero. Si a un pintor se le sugiriera realizar un bosquejo de lo que era antes el “negocio” del libro, dibujaría una escena con dos figuras en un café; editor y escritor, leales el uno al otro, tomando una copa y discutiendo sobre el arte, sobre la expansión de la cultura. Interesados por una difusión de la expresión más que por un precio. Hablarían en términos de cómo ganar dinero con el arte que creamos, y no qué arte crear para hacer dinero (fácil).

Esa era la cuestión hace varios años.

Sin embargo, este romanticismo, casi extinto, fue invadido, atacado, por una tercera figura que, con la célebre y reconocida arma de la ambición, interrumpió tan placentero paisaje. Esta figura, negociante empedernido pero carente de interés cultural es, ni más ni menos, que el agente literario (cargo ocupado por mujeres, en la mayoría de los casos) quien irrumpe en esta cuerda floja entre el amor al arte y la necesidad de comer, con un casi admirable carácter oportunista. El agente literario es, en pocas palabras, una suerte de “manager” del escritor, un intermediario que se regodea en la disculpa de cuidar la economía y el porvenir económico de quien llamamos `el creador´. Este personaje, que con cariño podríamos bautizar como nuestro mafiosito de las letras, frío y serio como un tramposo, salta a “representar” al autor, acabando con esa relación entre los otros dos soñadores, formalizando y enfriando las cosas, viendo billetes donde en realidad hay páginas.

Así pues, las bonitas relaciones de amistad y lealtad que resultaban entre quien escribía su obra y quien, mejorándola, la lanzaba al mercado, han sido interrumpidas por un agente que se entromete, y cuya lealtad a su editor termina donde comienza una mejor propuesta económica. Ahí está el ejemplo del pintoresco caso de Isabel Monteagudo, agente literaria en España del premio nobel húngaro Imre Kertész. Esta leal mujer de negocios, pactó con Alfaguara, durante la feria de Frankfurt, un excelente negocio para la publicación de la edición en castellano de la siguiente novela. Ni corta ni perezosa, como toda una negociante de tiempo copado y muy ejecutiva ella, optó por informar a Jaume Vallcorba, editor de Acantilado, sobre la caducidad de su privilegio y exclusividad de publicación del nobel húngaro, por medio de un post-it que le pegó en el estante de la editorial en dicha feria.

Como aves rapaces, las agentes literarias se menean entre propuesta y propuesta, disminuyendo el libro a un mero negocio, olvidando que su contenido está hecho de arte, buscando la mejor oferta, pidiendo más, sin lealtad o romanticismo que valga. Hace alrededor de dos años, la editora Esther Tusquets explicaba frente a los medios que la diferencia entre esta relación ha cambiado radicalmente desde los años sesenta hasta la última década: Antes no se hablaba de dinero, ahora sólo se habla de eso, decía. Carmen Balcellis, la agente literaria quizá más poderosa de España, respondía a esto, palabras más palabras menos, que sí, que quizá la relación se había estropeado un poco, pero que había ayudado a que los autores tuvieran mejores condiciones.

Pero, ¿qué es tener mejores condiciones?

Para una perspectiva de negocios, significa un mayor flujo de caja, unos cuantos billetes de más en la cartera. No obstante, bajo un punto de vista artístico, las buenas condiciones se traducen en una libertad de creación sin ánimo de lucro (el arte por el arte). Crudamente hablando, hay que confesar que se ha cambiado un poco la perspectiva; las “mejores condiciones” del escritor no se dan ya por quien se expresa y tiene la suerte de gustar, sino por quien “crea” buscando el gusto de las masas. Es decir, del artista que se vende, del artista sin moral. ¿Es acaso allí a donde pretenden llegar los agentes literarios?

Ahora bien: los agentes han salvado a los autores… ¿Quién ha de salvar a la cultura?

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