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[Buenos Aires]
Escrito por:
Lucas Funes Oliveira (cronista invitado desde Buenos Aires)
Fotografía:
Magali Flaks
Fotografiados:
Florencia, Magdalena, Nadia, Juan.
Contrataciones:
newiconmanagement.com.ar
Producción:
LF Producciones
Tema:
Recuerdos de una noche en un lugar clandestino de Buenos Aires, que solía ser una casa tomada por narcotraficantes y donde hoy tocan bandas.A pesar de estar sobre una de las principales avenidas de la ciudad, no todos conocen su existencia. Su secreto es grande.
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Ex - Sanatorio

Cuando te acercás a la ventana se puede sentir cómo te aspira. Una fuerza que te chupa hacia dentro de la casa. Porque en este lugar hecho mierda no se siente nada mirando hacia dentro. Se siente mirando hacia fuera. Cuando “no mirás” el interior de la casa se siente una fuerza brutal creciendo desde la palma de las manos hasta el escalofrío de la nuca. Y eso es miedo.

En la puerta no hay ningún rastro de vida humana, sin embargo, alguien te abre. No se paga entrada, no se saluda, apenas un gesto con la mirada. Nadie habla exacta y claramente de la historia del lugar pero uno se entera. Las historias encuentran grietas en los discursos y hormiguean en los oídos. En esta casa no había fantasmas, había drogadictos, había miseria, violencia. En esta casa la mística no es de folleto; es olor nauseabundo, es una pared descascarada.

En la mismísima avenida Córdoba, un elefante se calza unas botas de cuero y con una latita de cerveza en la trompa baila toda la noche... sin que nadie lo escuche. Y es que el miedo oculta el edificio dantesco. Cuando te asomás a la ventana el ratoncito de tu cabeza empieza a girar la rueda. Ese ratoncito sabe qué te asusta. Una chica se te acerca y al oído, los labios mojados con Fernet (licor argentino), te cuenta sobre “traficantes”, “ajuste de cuentas”, “mulas” y el cajoncito de tu cerebro repleto de imágenes tenebrosas te cierra la garganta. No importa qué haya sucedido, no importa la realidad, la historia, los hechos; importa lo que se le cruce al ratoncito de tu cabeza. Importa que esa imagen que vos y sólo vos conocés o recordás, te asusta. Un grito, un gesto de dolor, tu cuerpo andrajoso en un desierto inmenso.

Así esperás a que empiecen a tocar. Si vas acompañado te adormecerá la voz de quien te conozca, un chiste, un “mirá, mirá, ahí vino”. Si vas solo sentís la oscuridad que envuelve tu mandíbula y la congela. Una guitarra, una minifalda, la falta de luz, el alcohol corriendo por tus venas, el baño pintado a tijeretazos, el olor a cemento fresco mezclado a la marihuana que pasa de una mano a la otra sin dueño. Todo. Todo se confabula para quemarte la ruedita del ratoncito. Cuando saltás en los acordes en quinta no sabés si es porque tenés ganas de sacudir tu borrachera, exorcizar el miedo o demarcar el territorio. El pogo nace, crece, se reproduce y muere; vive una vida entera con cada canción. Las luces se apagan entre tema-y-tema. Aparece el ratoncito con fragmentos de un video. Una adolescente de pelo lacio largo, labios finos, hermosa, el estómago abierto de un tajo, bolsas plásticas llenas de Blue Magic junto a un hombre con barbijo que transpira en amarillo y otro que le apunta con una Colt a la cabeza.

Empieza el tema y rogás, por favor, no termines nunca.

Ves la cabecita del pogo, el primer movimiento involuntario, las manitas, camina y ya tiene un amor que espera en el jardín de infantes. El primer beso del pogo es fresco pero bruto, tiene su primera motocicleta. El hijo del pogo presenta sus hijos y en los aires los levantás, tendrás descendencia, adorable criatura. Los días del pogo están contados y se viene el final de la canción. Es rock, es agite, se sabe que termina y, cuando termine, se sabe no habrá luz. Tu ratoncito se prepara con el último acorde agudo. Volvés a rogar que no se apaguen las luces de la casa. Te concentrás en un cigarrillo encendido y fijás la mirada en la única luz que te ancla a la cordura. No verás la oscuridad, pensás, no verás la oscuridad, ordenás.

Y se te ocurre que, cuando termine la banda, todavía tendrás que volver a casa.

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