LAS CARRERAS DE NORFOLK
Yo no recordaba que nos habíamos intercambiado los teléfonos y fue por esto que me cogió por sorpresa su llamada. Habían pasado una par de semanas desde la orgía en Portland Place y en Londres dos semanas son un abismo tras el cual uno puede olvidar muchas cosas.
La conversación duro poco, ella me hablo de unas carreras clandestinas de coches en el condado de Norfolk y a mí eso me sonaba demasiado literario como para decir que no.
Me vino a recoger a mi casa de Holloway el viernes siguiente en una honda Rebel que imitaba el estilo de una Harley. El vestido ceñido de lentejuelas verdes que llevaba el día de la orgía, lo había reemplazado por una chupa de cuero, unos jeans rasgados y unas botas estilo vaquero, de caña alta y punta.
Yo sabía poco del viaje, todo lo que ella me dijo fue que los chicos del norte se reunían ese fin de semana cada año, rescataban algunos coches viejos de los desguaces y corrían con ellos hasta que los explotaban. Así que nos enfundamos los cascos y sin hablar demasiado nos hicimos a la carretera. La ruta M11 nos llevó hasta Cambridge y de allí conectamos con una carretera comarcal que cruzaba Ely y Swalfham entre otras localidades, para desembocar finalmente en Norfolk.
La noche se iba cerrando y lo poco que se adivinaba ya en la oscuridad, era la silueta negra de los alcornoques a los lados de la carretera. Entramos en una vía todavía más estrecha y algo más desconchada, el bosque que la secundaba se hacía cada vez más y más frondoso, como si hubiéramos pasado de la garganta a la laringe y ésta nos estuviera engullendo.
Abordamos un camino de piedras que salía a nuestra izquierda y la luz que despedía el faro redondo de la moto pronto descubrió la forma un arco de piedra a modo de entrada a algún sitio. Lo cruzamos y continuamos por el camino de piedras, esta vez secundado por olmos centenarios.
Finalmente nos detuvimos en mitad de la oscuridad, en frente de una casona de piedra que uno sólo podía advertir por la luz que se escapaba por las ventanas y el humo que ascendía desde las chimeneas.
Una mujer madura nos dio la bienvenida y nos invitó a entrar. Una vez dentro, mientras recuperaba la temperatura al calor de la llama, fui uniendo poco a poco las piezas del rompecabezas. Estaba en la casa donde la chica del traje de lentejuelas verdes se había criado. La mujer alta, de aire aristocrático y flema inglesa que salió a nuestra llegada era su madre y una vez hube entrado en calor, otros familiares se me fueron presentando.
A la mañana siguiente ella me despertó muy temprano. Cuando miré por la ventana todo lo que podía ver era un valle interminable, manchado por un bosque frondosísimo y bañado por un rio de agua clara. La casa era un castillo y el desayuno propio de un noble. Aquella era una tierra bellísima, una extensión de verde poblada de árboles, reses, y todo tipo de aves, entre las que se destacaban los asustadizos faisanes corriendo en todas las direcciones.
Cerca del rio se erigían la ruinas de una vieja Abadía que el Rey Enrique VIII expropió a la Iglesia y entregó junto con todas aquellas tierras a un caballero, lo que dio lugar al nacimiento de la que luego sería la Aristocracia Inglesa, pero eso es otra historia.
Los coches con los que correríamos más tarde estaban en la casa que otro familiar tenía en la finca. Los habían comprado en talleres o desguaces de la ciudad más cercana y estaban poniéndolos a punto para la carrera. Algunos arreglos de última hora estaban teniendo lugar: un poco de aceite, rellenar los tanques de agua, hinchar alguna rueda que andaba blanda, etc. Eran los propios jóvenes, supervisados por algún perro viejo de la familia, quienes realizaban estos ajustes. Cuando los coches estuvieron listos en lo mecánico, una de la mujeres repartió sprays de colores entre los más pequeños para que pintaran las máquinas a su antojo. Era un evento con contradicciones visuales fantásticas: una gran familia heredera de una tradición aristocrática, dejando que sus hijos de entre 4 y 12 años grafitearan unos coches viejos en el patio de su casa.
Nos metimos en los coches y guiados por uno de los hermanos fuimos a parar a un gran campo de trigo segado, donde ya se había trazado el circuito mediante paquetes de paja prensada que delimitaban las curvas y las rectas. Bajo el sol de justicia y sobre el amarillo del trigo se celebró una pequeña reunión para recordar las viejas reglas del juego y para concienciarnos a todos del riesgo que estábamos corriendo. No utilizaríamos cascos, no estábamos cubiertos por ningún seguro y no había médicos entre los presentes. Los coches no tenían ninguna barra de protección ni airbags, por tanto un golpe fuerte podía tener consecuencias gravísimas. Tras un aplauso de aprobación y cierto aire solemne, se eligieron los primeros contendientes y se alinearon los coches: Un Ford, un Peugeot 205, un Opel Astra, un Polo antiguo y un Subaru.
Yo conducía el 205, pronto la nube de polvo que siguió a la salida no me dejo ver nada, pisé el acelerador hasta el fondo para salir lo antes posible de aquella nube y ver por dónde me venían los tiros. En la primera curva comprobé que volcar no era imposible y que los golpes iban a ser una constante. Me costaba ir rápido porque la palanca de cambios estaba en el lugar opuesto, así que me dedicaba a estrellarme con la gente para aliviar lo agrio de las derrota. Cada vez que terminaba una carrera, algunos de los coches que habían sufrido calentones en el motor o averías varias, se sometían a pequeños apaños para intentar recuperarlos para la próxima carrera. Era entrañable ver a las tres generaciones de la familia, abuelos, padres y pequeños, disfrutar de su poco ortodoxa y un tanto excéntrica tradición familiar. Mientras unos competían los otros comentaban la jugada, al tiempo que tomaban algo de comer o bebían cerveza y sidra.
Al final fueron pocos los coches que quedaron enteros. La tradición manda que hay que quemarlos. Después de hacer unas batidas en paralelo, para recoger trozos de chapa y goma que se habían desperdigado por el campo, quemamos todos los coches. Éramos treinta almas hipnotizadas viendo cómo las llamas empujaban una densa nube negra contra el cielo azul. Antes de que el fuego hubiera devorado por completo los coches, algunos de los niños arrojaron los botes de spray a la llamas. El estruendo seco de los botes al explotar, resonaba en el valle como si fueran disparos de un cazador en la lejanía.
Ya al entrar la noche nos reunimos todos a la intemperie, justo al calor de una gran hoguera situada en un prado cercano a la casa. Allí, al calor de la brasas, asamos la carne un ciervo que se había cazado esa misma mañana en la finca. Lo acompañamos con patatas asadas, vino y marihuana, al tiempo que un par de familiares tocaban country y algo de folk local con sus guitarras.
En aquel momento pensé que era un espectador afortunado y pensé también en quién había decidido mi suerte. Curiosamente nadie me había preguntado cuál era mi relación con ella o desde cuándo la conocía.












