El juego de ajedrez no es, quizÁ, sólo un juego
“El Ocho” es la primera novela de la norteamericana Katherine Neville, aún viva y con un historial de vida en el que su experiencia, luego de haber vivido en varios países alrededor del mundo, le ha proporcionado una visión amplia de las características comunes entre todo tipo de culturas.
Este best seller, creado ya hace más de una década, mantiene su vigencia entre los lectores más atentos, tal vez debido a que abarca un tema que los ha involucrado a todos, nos involucra a nosotros, y habrá de seguir involucrando a cada uno hasta que el juego de la vida muera junto con la extinción de la propia humanidad.
El libro “El Ocho” se basa en un mágico juego de ajedrez que perteneció al gran Carlomagno y que fue enterrado durante millones de años para evitar que su inimaginable poder cayera en manos equivocadas y pudiera acabar con el mundo. La búsqueda del poder escondido tras las piezas, desencadenará un interminable juego que pondrá en peligro la vida de cada una de las personas que, con intención o sin ella, han de terminar siendo una ficha más en un enigma cuyo final desconocen: “tenía que romper el misterioso velo que envolvía el juego, conocer las reglas y a los jugadores. Y debía hacerlo sin demora, pues las jugadas ocurrían peligrosamente cerca”.
Desde la encantadora ciudad de Nueva York, pasando por lugares como Córcega, Paris, Moscú y Londres, hasta llegar al inmenso desierto del Sahara, las páginas del libro se desenvuelven como un pergamino que ha de cubrir el mundo entero para no dar lugar a duda de que es un juego geográficamente no selecto: los cubre a todos.
Por si fuera poco, para darle un poco más de verosimilitud, aparecen en la narración grandes personajes que han ganado su puesto en la historia; desde Napoleón, Newton y Catalina la Grande, pasando por los grandes de la pluma como Voltaire, Robespierre y Wordsworth, entre otros; se presenta como una glamourosa procesión ficcional de quienes, al igual que otros personajes del común, se ven obligados a formar parte de ese misterioso juego cuyo premio para los ganadores –que logren salir con vida antes de que se le de muerte al rey- sólo se dará a conocer hasta el final, desencadenando otra partida, indefinidamente.
La construcción del libro como tal, es en sí la evocación a una partida de ajedrez, constituida por dos historias temporalmente separadas –pero cuyo objetivo es claramente el mismo- que se turnan la narración de manera que cada una pueda realizar su estratégico movimiento, manteniendo en cada capítulo un nombre apropiado para la partida. Títulos como El peón y la dama, El recorrido del caballo, la octava casilla, Cambio de damas, Una jugada tranquila, El recorrido del peón y Cambio de reinas, entre otros más, no podrían ser más sugestivos cuando de ajedrez se trata.
Sin embargo, lo que la estadounidense deja realmente en evidencia es el hecho de que la vida tiene la estructura de una partida de ajedrez y que cada uno de nosotros es quizá un peón determinante, como lo dice ella misma “en el juego de la vida, los peones son el alma del ajedrez. Hasta un humilde peón puede mudar de vestimenta”.
En esta deslumbrante partida, encontramos un coctel de perfectas cantidades entre misterio, intriga y emoción, que desembocan en una exquisita receta que habremos de devorar sin dejar de saborear desde la primera hasta la última palabra, mientras nos adentramos en ese oscuro juego de ajedrez, que de “juego” no tiene más que el nombre.
La partida, entonces, toma lugar no en el pequeño tablero de cuadros negros y blancos, sino en el espeluznante escenario de la vida real, donde personajes como Catherine Velis, desde Norteamérica, hasta Valentine y Mireille de Rémy, desde Francia, temblarán de incertidumbre en un cuadro donde desde los peones, los alfiles y los caballos, hasta los reyes, cobran vida para desempeñar un papel en donde es su vida la que está en juego: "No hace falta conocer su metodología, ni sus estrategias o reglas matemáticas; a tientas, he ignorado cómo, se ha de jugar, sin saber para qué hasta haberlo hecho: “eran todos como peones en un tablero, arrastrados hacia un centro invisible en un juego inexorable como el destino”.
O, quizá, dominamos las reglas y los movimientos, incluso a nuestros aliados y enemigos, pero hará falta preguntarnos: ¿seremos un alfil, un peón, o una reina en este aterrorizante juego de la vida? Quizá vale la pena pensar en una estrategia, sin olvidar que es el “ajedrez, el más peligroso de los juegos”.
“Recuerda que Dios es el supremo gran maestro del ajedrez”












