Sudamérica en moto, la suma del equilibrio
Siempre sur, así era el nombre de la ruta del GPS que conducía tres motos Kawasaki KLR 650 a través del sur de América, desde Bogotá hasta la ciudad de Buenos aires. Tres fanáticos de la aventura, familiarmente extraños, unidos por la condición genética de ser padre, hijo y tío. Tres generaciones distintas recorriendo 6 países y buscando una posición más austral en el mapa.
Convertimos los segundos en kilómetros, reemplazamos el movimiento del reloj por el girar de las llantas y el universo se transformó en la ruta. Espacio y tiempo fueron, a bordo de las motos, el continente y su gente.
Entre el ranking de sueños no cumplidos nunca faltan los viajes. Nosotros no somos los redentores de los viajeros reprimidos, solo somos algunos que decidieron no entregarse al sedentarismo. La respuesta a ese típico comentario: "qué bien te la pasas viajando".. es que no es necesario estar muriéndose para hacerlo, sólo bastó una sonrisa cómplice a la pregunta: "Papá, ¿porqué no viajamos de Bogotá a Buenos Aires en moto?"
Así se dio inicio a un viaje que empezó como un juego, con todo y sus reglas. La primera de ellas era tocar suelo porteño antes de dos meses. La segunda era llegar con vida, y la última fue disfrutarlo hasta el final.
Y como si fuera una premonición, mi ancestral amor por los viajes y el Road Movie, terminó por convertirme en el protagonista de uno. Me creí el cuento y decidí jugarlo.
No hay mejor actor, decía un amigo, que un niño que juega a ser policía, y me explicaba: “él no pretende ser, él ES un policía”.
En mi película, mis compañeros de travesía y yo llegamos a vencer la frontera de 6 países, recorrimos 10.454 kilómetros a través del sur de América, nos desplazamos 3 meridianos y 7 latitudes, nos escondimos del sol, viajamos con la noche y decidimos hacer un viaje sin más itinerario que el indicado por el medidor de combustible de nuestras motos. El continente de repente se hizo más pequeño. Ya el juego de la distancia era otro.
Así, con la arena de la cordillera metida entre las botas de motociclista, descubrí que el común denominador de 357 millones de habitantes es que todos son gente buena, buena de verdad. La gente de la cordillera es gente que lleva la bondad de la tierra en el corazón y además de sobrevivir diariamente a la ardua tarea de ser suramericanos, estas personas siempre están dispuestas a ayudar.
Pero con tanto kilometraje encima es obvio que sucedan cosas. Durante los primeros días de viaje, en algún lugar perdido del Ecuador, la moto azul se apagó súbitamente sin dar signo alguno de vida. Allí a las 9 de la noche, en un país desconocido y en medio de la nada se acercó milagrosamente un campesino desinteresado a ofrecernos su ayuda y sin quererlo, nos dejó una gran enseñanza : las fronteras no existen.
El problema de la moto se resolvió a las 2 de la mañana y pudimos llegar a nuestro destino en perfecto estado. Como éste colaborador espontáneo hubo muchos, directos e indirectos. Todos dispuestos a engrasarse la ropa con tal de sacarnos de apuros.
Hay muchas emociones en un viaje así.
La memoria da un salto hasta Buenos Aires. Allí nuestros ojos vieron por primera vez la nieve congelarse en los guantes. El resto del viaje está comprendido en fotos mentales y reales, que recuerdan sensaciones, olores y texturas. Todas bailan frente a los sentidos, armando una melodía que rebota en todos los rincones de la cordillera.
El continente se dejó contemplar tranquilo, se dispuso para que los ojos y la memoria acariciaran las imágenes de su entrañable historia. La exuberancia del todo sudamericano nos obligó a buscar palabras, pero ni siquiera la fotografía pudo hacer un trabajo eficiente cuando tratamos de inmortalizar las bambas y sierras. Las bambas, son las mismas "pampas", traducidas del español al Quechua, una lengua heredada de los Incas.
Cada metro de altura que se escaló, entre los Andes y pacífico, hizo la diferencia, desde el nivel del mar hasta los 4500 MSM, todo cambió de color y la gente respondió a las características del paisaje. Bajitos y altos, negros y blancos, más y menos indios, pero indios al final.
Fuera de la generalidad que representa el continente, en la memoria quedó latente la imponente sierra peruana, la misma que entre sus entrañas esconde a Cuzco y Machu Pichu, la misma que resguarda egoísta la sabiduría Inca.
Esta sierra está llena de colores y a bordo de la moto pudimos disfrutar kilómetros enteros de una paleta sólida de rojos, amarillos, verdes y blancos nieve. Todos expresaban la diversidad de la que gozan los andes peruanos. La sierra tuvo la facultad de hacernos temblar, de meterse dentro, al punto de cohibirnos para obturar. Cualquier intento de retratarla iba a ser inútil. Era un lugar que debíamos experimentar, nada lo sublimaba.
Este juego en el que participamos no cobró ganadores, quizás porque no se ha terminado, aún queda el mundo. Estando en Perú nos preguntábamos cuándo nos adaptaríamos a la movilidad (a lo que mi hermana respondió en Bogotá: cuando se adapten al estatismo). Ahora cuando hemos parado de rodar, pienso que algo de nosotros se quedó en la carretera, un filtro opaco, un difusor de realidades, es difícil decir con certeza cuál es la parte que se quedó en la ruta, pero hay algo en la percepción de la realidad que se alteró. Ya el mundo no es igual.
Dicho en tres idiomas el pasaporte nacional reza: “El gobierno colombiano solicita a las autoridades nacionales y extranjeras dar al titular de este pasaporte las facilidades para su normal transito y brindarle, en caso de necesidad, la ayuda y cooperación que puedan ser útiles”
Los demás gobierno así lo entendieron. A los habitantes de este continente, de la “Mayúscula América” nos une la historia y la sangre y eso no tiene fronteras.
Después de todo nos quedaron ganas de invitar. Sí, de invitar a superar la frustración de no hacerlo, de invitar a asumir el riesgo, porque en esta aventura es posible perderse, pero también está la oportunidad de encontrarse.
Qué mejor que abandonar la rutina para percatarse de que es más lo que se gana, que lo que se puede perder.
YO, YA NO SOY YO...
”No es este el relato de hazañas impresionantes. Es un trozo de dos vidas tomadas en un momento, en que cursaron juntas un determinado trecho, con identidad de aspiraciones y conjunción de sueños. Fue nuestra visión, ¿demasiado estrecha? ¿Demasiado parcial? ¿Demasiado apresurada? ¿Fueron nuestras conclusiones demasiado rígidas? Tal vez. Pero ese vagar sin rumbo, por nuestra mayúscula América, me ha cambiado más de lo que creí. Yo, ya no soy yo, por lo menos no soy el mismo yo interior”.
Ernesto Guevara de La Serna, Diarios de motocicleta.












